En su discurso del 1 de diciembre de 2018, al rendir protesta como Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador hizo un elocuente reconocimiento a las mejores etapas del México posrevolucionario, que de 1930 hasta principio de los 80, fue de claro crecimiento económico y extraordinarios avances en la política social; etapas en las que gobernó el PRI, con sus antecedentes históricos del PNR y el PRM.

El Presidente López Obrador ubica la etapa neoliberal en México, de 1983 a la fecha, señalándola como una era de calamidad y desastre para la vida pública del país, y el periodo de la “más inmunda corrupción pública y privada”; y señala el inicio de su mandato presidencial como el comienzo de la cuarta transformación de la República, la cual se caracterizará porque habrá de “convertir la honestidad y la fraternidad en forma de vida y de gobierno”

Lo que no señaló en su discurso el Presidente López Obrador es que la etapa que él reconoce de bonanza y crecimiento económico y de avances crecientes en materia de justicia social, fue también la etapa de partido hegemónico y de presidencialismo autoritario, con facultades metaconstitucionales y control absoluto del Poder Legislativo, e injerencia determinante en el Poder Judicial por parte del Presidente de la República.

Pero todo hace parecer que el régimen del Presidente López Obrador es un intento por volver al pasado populista y nacionalista de las décadas de los 60 y 70. Es nostalgia de una formación política en el nacionalismo revolucionario al que se afilió ideológicamente en sus años de juventud. Sus propuestas se ubican en un esquema de retrotopía, esa forma de pensamiento político que el escritor y pensador Zygmunt Bauman identifica como “el anhelo de rectificación de los defectos de la actual situación humana, resucitando los malogrados y olvidados potenciales del pasado”.

Bauman señala en su obra Retrotopía (2017) que la nostalgia restauradora del pasado es precisamente una característica de los “renaceres nacionales y nacionalistas en todo el mundo, empeñados en fabricar mitos antimodernos de la historia a través de la vuelta a los símbolos y la mitología nacionales y, a veces también, de la reutilización de teorías de la conspiración”.

Pronto se dará cuenta el Presidente López Obrador que haber ganado con el apoyo de 33 % de los ciudadanos inscritos en la Lista Nominal de Electores no le otorga el poder ni la legitimidad para cambiar el curso de la historia ni el avance de la democracia en México.

Hoy es el tiempo de las y los ciudadanos, no es tiempo para regresar al presidencialismo autoritario o al partido hegemónico. La 4T debería tener presente que la lealtad del pueblo hacia un gobierno se consolida cuando la sociedad es el sujeto de su propia transformación, y no el objeto pasivo de la dádiva gubernamental.

Por cierto, el pasado también nos enseña que el verdadero respaldo popular no es un respaldo que se sostiene en multitudes de acarreados o por muchedumbres sin proyecto.